Entre los años 1943 y 1944, el escritos inglés George Orwell escribió un conocido libro, "Animal Farm" o "Rebelión en la granja", parodiando o, más bien creando una anlogía con la Revolución Rusa de Troski y Stalin que destituyó a los zares.
En el libro en cuestión, los animales de una granja inglesa, guiados por los cerdos (bolches) que eran los únicos que habían aprendido a leer y escribir, organizan una revolución para expulsar al dueño de la granja y, tras lograrlo, toman el control de la misma, buscando dejar de servir y de ser explotados por los malditos seres humanos, que además de ello son borrachos, vagos, injustos.
Tras la revolución y la expulsión de Mr. Jones (el granjero), los cerdos organizan el trabajo en la granja y sientan las bases de lo que llaman "Animalismo" que viene a ser una especie de postulados absolutos sobre los cuales basan el régimen de la nueva granja. Una ideología basada principalmente en el rechazo absoluto a los seres humanos y a sus costumbres, y en la igualdad de todos lo animales entre sí.
Se llaman entre ellos "comrades" en inglés, "compañeros".
Sin embargo, y como no podía ser de otro modo, los cerdos revolucionarios, con sus dos líderes enfrentados (que vienen a personificar a Stalin y a Trosky), comienzan a acaparar más y más poder sobre los demás animales y, de a poco, todo la Revoución comienza a desvirtuarse. Un líder expulsa al otro y se absolutiza. Obvio.
Una sátira genial de la corrupción del socialismo soviético.
Los cerdos se acomodan y de a poco comienzan a convertirse en iguales o peores tiranos con los otros animales de lo que fueron los hombres con todos ellos.
Tanto así que terminan adquiriendo de a poco las, en principio rechazadas, costumbres humanas, y llegan incluso a caminar en dos piernas... haciendo un giro de 180° de aquél principal postulado revolucionario de "cuatro piernas son buenas, dos piernas son malas".
En tanto que los demás animales de la granja trabajan duro, en el sol y en la lluvia, incluso en la nieve, y viven en condiciones cada vez más miserables, si bien son las necesarias para que puedan sobrevivir sin excesivas penurias, y convencidos, realmente convencidos, de que el sistema de la granja animal es fantástico, y de que los cerdos tienen los privilegios porque les correponden debido a la ardua tarea intelectual que realizan, y a que el menor desliz de éstos podía provocar el regreso de los seres humanos al poder.
Y concluyendo al final de cuentas todo con un solo postulado absoluto: "Todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros".
La analogía que logra Orwell es, sencillamente, fantástica.
Leer este libro generó en mi, además de una gran admiración hacia su autor por la calidad del texto (por lo menos en inglés), como así también por la forma en la que cuida los detalles de la historia y la hacen un perfecto reflejo de la Revolución Rusa, pero que sin dudas también puede adaptarse tranquilamente a otras.
Inevitablemente, todo el tiempo pensé en Cuba. En los comienzos de su Revolución en contra del tirano Batista, el sistema capitalista y el coloso yanqui. Y en la actual situación, en la que la gente vive para trabajar y con lo que el sistema del gobierno les reparte que, si bien es cierto, evita la desnutrición y el hambre, tal como en la granja con los otros animales, no les brinda la posibilidad de crecimiento ni les otorga los beneficios que sí tiene la gente del gobierno (cerdos en la historia de Orwell).
Y en el caso del país centro americano es chocante ver, por ejemplo, como los autos del gobierno son japoneses último modelo, en tanto que la gente se desvive porque lo turistas les regalen jabones. Aunque no todos los cubanos están convencidos, y con los años, el régimen va debilitándose por su propio peso.
Como pasó la ex URSS, como pasó incluso con las dictaduras militares latinoamericanas (primero generadoras de orden, luego de excesos en detrimento del siempre oprimido pueblo), como ocurrió en Medio Oriente.
La gente que detenta el poder tiene a abusar de él. El poder enferma y corrompe a las personas.
Los monarcas de otrora fueron tiranos absolutos, como los emperadores, los reyes, los dictadores.
Incluso en las civilizaciones antiguas: Egipto, Grecia, Roma, Japón, los Incas.
Todos abusadores del poder que tenían en detrimento de los pueblos que los sostenían.
Y los sostienen.
Pero esos pueblos tienden a cansarse.
Hay dentro del ser humano, innato en él, un espíritu que busca la libertad. Que busca hacer lo que uno quiere, vivir como a uno le gusta, caminar por donde desee, pensar y decir lo que le plazca. Obviamente que debe de ser esta libertad limitada por la de los otros y dentro de líneas en las cuales se pueda vivir armónicamente y como sociedad.
Muchos de esos pueblos ya no quieren ser oprimidos. La gente ama y busca su libertad incansablemente. Muere por ella.
Y los tiranos caen.
Y son reemplazados por otros que, en la gran mayoría de los casos, con el tiempo terminan convirtiéndose, en lo mismo que odiaron, que repudiaron, que derribaron.
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