6:07 am. Cielo despejado y totalmente estrellado desde la ventana de este primer piso ajeno.
Afuera: frío de cagarse, luces de ciudad y los noctámbulos o madrugadores automovilistas y transeúntes. Aquí adentro, ella descansa y duerme conectada a un tubo de oxigeno. Está más chiquita que nunca. Despeinada. Flaca. Viva, aunque parezca increíble y de prestada, pero no se quiere ir. En la cama de al lado, duerme una de sus hijas, y sentada con las piernas cruzadas a los pies de esa cama, las miro, leo y escribo a la luz azul.
Entra al cuarto Raúl, el enfermero de la noche, y le pone a la vieja un antibiótico por el suero sin que ella se inmute.
Me cuesta creer que sea la misma mujer que me cambió los pañales a mí, que me hizo dormir y me dio de comer. Que fue otra madre, que me cuidó, crió y malcrió más de veinte años. Y, también, que sea la misma con la que pasé, dos noches atrás, la más larga de mi vida.
Mirar el reloj una y otra vez sintiendo que el tiempo no pasa. Verla respirando con dificultad, con los pulmones inundados y el corazón cansado, enchufada a ese tubo. Escucharla sufrir. Sufrir mucho y en serio. Pedirle a algún Dios o a todos los dioses o a lo que sea, que la deje de hacer sufrir. Pedirle a ella que se vaya. Verla abrir los ojos de golpe. Encontrarla perdida en el tiempo, en el espacio y en ella misma. Encontrar ella, a mi mamá en mí. Encontrar en ese tubo la fuente de vida, ¿o la prolongación artificial de un sufrimiento? Escucharla toser. Sentirla agotada. Tragarme las lágrimas, cerrar los ojos fuerte, y volverlos abrir con una fuerza que no me conocía. Aferrarme a su manito hinchada que no puede abrirse por completo. Desesperación. Esa fuerza interna desconocida y mil emociones contenidas. Entre todo eso, sueño, frío, mocos y tos.
Hasta que llega el amanecer, se duerme un poco más tranquila y sin respirar mejor… sigue inundada por dentro pero no deja de dar batalla la vieja. Parece increíble la fuerza de ese cuerpito de casi un siglo de existencia, que parió cuatro hijos, malcrió diez nietos, se hizo amar por todos y regó sonrisas. La fuerza para aferrarse a la vida con uñas y dientes, postizos. Y se aferra. Y nos sorprende.
Y pasan los días... y sale de ese cuarto frío y gris, y vuelve al cuarto cálido, con la ventana por donde entra el sol, que está llena de flores. Pero vuelve con el tubo de mierda ese. Con un séquito de gente que no la deja tranquila. Con una comparsa de enfermeras y médicos. Y con algo cambiado en ella. Abre los ojos de a ratos, y mira sin ver, y ve sin mirar. Habla poco.
Hasta que un día se olvida de todos. Su cuerpo ya no es suyo, y ella ya no está en esa cama. Las llagas de su espalda y sus piernas dicen que ya fue suficiente. Su mirada que perdió el brillo dice que ya es suficiente. Que quiere descansar por fin.
Pero no te dejan irte viejita querida. Te atan a esta vida de mierda. Te encadenan a ese tubo. Te obligan a vivir minutos que no son tuyos, con un aire que no es de nadie y que ya no querés. Y no puedo seguir sabiéndote así.
El hombre es cruel y soberbio. Cree que puede controlar la vida y detener la muerte. Y así cree que crea vida, estirando algo que en realidad ya no tiene sentido. Cree que crea vida yendo contra la naturaleza, y sólo consigue una muerte en vida sin razón de ser. Sin paz. Totalmente inhumana. Totalmente fría. Torturosa.
Yo quiero verte en paz. Con tu piel de leche de siempre, y no con ese tono desteñido. Quiero verte reir en fotos y no sangrar en una cama. Quiero dormirme a la siesta en el sillón del living con la cabeza en tus piernas. Quiero sentarme en una confitería a tomar el té y reirme con vos. Quiero hacerte reír con mis ocurrencias estúpidas. Quiero tenerte de nuevo. Pero quiero tenerte a vos... no a tu cuerpo inerte donde vos ya no estás. Quiero que tu cuerpo descanse, quiero que te dejen volar, volver a ese lugar que no existe, y quedarme con el recuerdo de tu sonrisa y tus besos en la frente.
jueves 11 de junio de 2009
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